Comunico luego existo Comunicación Estratégica

lunes, 13 de abril de 2026

GUAYAQUIL VICE: REALIDAD O FICCIÓN?

Esta semana se estrenó la segunda temporada de la miniserie Clanes en Netflix en más de 190 países. Fue la serie de habla no inglesa más vista en su lanzamiento y alcanzó el Top 10 en 82 países y el número uno en 28. Su segunda temporada acaba de debutar como lo más visto en España.

En el primer capítulo, traficantes colombianos asociados con españoles reclutan a una abogada y la invitan a conocer la fuente del negocio. No la llevan a Bogotá, Cali, Medellín o al Putumayo. La traen a Guayaquil. Ver a nuestra ciudad convertida en escenario clave de este infame negocio duele. Las tomas del aeropuerto y el breve recorrido que culmina en el tugurizado Cerro del Carmen duran apenas unos minutos, pero quedarán grabados en la memoria de millones de espectadores alrededor del mundo.


Esa imagen me hizo evocar la indignación que sentían los colombianos en los años 80 cuando
Miami Vice los retrataba como sanguinarios narcotraficantes. Aunque la ficción exageraba el estereotipo, la realidad era dura. En esa época, Miami fue la capital del crimen, principal punto de entrada de cocaína a Estados Unidos y centro de lavado de dinero. La ciudad aparecía violenta y peligrosa en cada episodio. Sin embargo, sus habitantes no se dedicaron a protestar contra la serie ni a exigir que Hollywood le cambiara el nombre. Enfrentaron el problema. El FBI, la DEA, la Fiscalía y otros reguladores actuaron con fuerza contra los carteles y los “Cocaine Cowboys”. Con el tiempo, Miami dejó de ser una de las ciudades más violentas de Estados Unidos. La marca ciudad mejoró porque primero mejoró la seguridad.


Aquí, seguramente, vendrán reclamos airados de todo nivel. Se hablará de trato injusto, de estigma inmerecido y de exigir rectificaciones desde la Cancillería o el Ministerio de Turismo. La molestia es comprensible. Nuestra ciudad es más que esas tomas breves. Su ubicación estratégica puede ser una virtud o una condena, según cómo se la gestione. Pero el enojo, por sí solo, no cambia nada. La serie refleja una verdad incómoda que ya conocemos: Guayaquil se ha consolidado como un corredor clave del narcotráfico. El problema no es ficción y tiene repercusiones globales en nuestra imagen.

En lugar de limitarnos a la indignación, hay que aprender de lo que hizo Miami. No se trata de negar la realidad, ni de maquillarla con una nueva marca ciudad y campañas publicitarias nostálgicas, sino de enfrentar al crimen organizado con entereza y coordinación institucional. Se requiere control efectivo en los puertos, sus accesos, mayor presencia policial en zonas críticas, inversión en inteligencia sofisticada y voluntad política sostenida en el tiempo. Solo así mejorará la seguridad y con ella, la percepción externa.

Desde la comunicación y el marketing urbano sabemos que la reputación no se defiende, se construye. Y se construye con evidencia. Cada operativo, cada tonelada incautada y cada red desarticulada debe convertirse en relato estratégico, consistente y verificable, al igual que la creación de nuevas oportunidades para los jóvenes hoy tentados por el dinero fácil. No para maquillar la realidad, sino para demostrar que está cambiando.


Guayaquil no necesita una campaña para contradecir a una serie. Necesita una narrativa respaldada por resultados que la vuelva irrelevante. Cuando los hechos cambian, la conversación cambia. Y cuando la conversación cambia, la percepción también.

Ese es el verdadero desafío: no reaccionar al contenido, sino competir con él. No desde la ficción, sino desde la gestión. Porque en reputación, como en seguridad, no gana quien se defiende mejor, sino quien transforma la realidad que otros cuentan.


(Publicado previamente en Expreso)

Presidente Ejecutivo Alterno y Gerente General de OI Comunicaciones, asociada a Fleishman-Hillard.Director Ejecutivo del ITSU. Instituto Tecnológico Superior Urdesa.







lunes, 6 de abril de 2026

DE GUTEMBERG A LA "CAJA BOBA" Y LOS ALGORITMOS





La imprenta, atribuida a Gutenberg, marcó uno de los primeros grandes quiebres en la forma en que la humanidad accedía a la información. La reproducción masiva de textos, en particular de la Biblia, amplió el acceso al conocimiento y alteró las estructuras de poder que controlaban el saber.

Más tarde, con la aparición de los diarios en el siglo XVII y el desarrollo de la publicidad como modelo de financiamiento durante el siglo XIX, los medios comenzaron a competir por la atención de las audiencias. El tipo de contenido, el tono y manera, se convirtieron en diferenciador y en motivo de críticas y regulación. La tensión entre influencia, negocio y responsabilidad no es nueva, solo ha cambiado de actores.

El siglo XX trajo consigo la radio y luego la televisión. Ambos medios consolidaron un modelo “gratuito” que se sostenía en la venta de audiencias a los anunciantes. 


En los 70 y 80, el debate sobre la televisión fue intenso. Surgió el término “caja boba” para describirla, para sus críticos, promovía el consumo pasivo y reducía capacidad crítica de las audiencias. Lo cierto es que la televisión se consolidó como el medio más eficiente desde el punto de vista publicitario. La programación se diseñaba combinando intuición, datos de audiencia y creatividad, en una competencia feroz por el rating. En Ecuador llegó a concentrar el 50% de la inversión publicitaria.

Este ecosistema ha sufrido un cambio profundo. La explosión de las redes sociales cambió totalmente habitos de consumo. Redes como Facebook en 2004, YouTube en 2005, Instagram en 2010 y Tiktok en 2018 redefinieron la manera de informarse y entretenerse. Hoy la mayor inversión publicitaria va a medios digitales que obtienen más del 43% de esta.


Ahora el contenido no depende de una parrilla fija. Es dinámico, personalizado e infinito. Los algoritmos analizan el comportamiento de cada usuario y optimizan en tiempo real lo que se le muestra. Según datos recientes, una persona pasa en promedio entre cinco y seis horas diarias frente a pantallas y más del 60% de ese tiempo ocurre en dispositivos móviles. Esto ha cambiado la forma en que procesamos la información. La sobreexposición a estímulos, la gratificación inmediata y la repetición de contenidos similares refuerzan sesgos y reducen la diversidad informativa. A diferencia de la radio o la televisión, donde existían pausas naturales, hoy el consumo es continuo. El llamado scroll infinito prolonga la permanencia de forma casi indefinida.



Demandas en Estados Unidos llevaron a que tribunales analizaran el impacto de las redes sociales en la salud mental de adolescentes. En California hace pocos días decisiones judiciales han señalado la responsabilidad ineludible de las plataformas en el diseño de sistemas que fomentan su uso compulsivo. Esto marca un punto de inflexión.


La historia demuestra que cada avance tecnológico redefine la influencia sobre las audiencias. Hoy los algoritmos están cuestionados. Ignorar este cambio no es una opción. Para los anunciantes, entenderlo y anticiparse es una cuestión de supervivencia estratégica.

Para la industria publicitaria, el riesgo es evidente. Los anunciantes han apostado por la precisión y eficiencia de estos algoritmos para segmentar audiencias y maximizar resultados. Sin embargo, si las regulaciones obligan a modificarlos, la lógica de segmentación y alcance podría cambiar de manera significativa. Así como antes las marcas cuidaron no asociarse al contenido de ciertos medios impresos o ciertos programas de TV, ahora deberán repensar estar en plataformas cuestionadas. Mc Luhan sigue vigente: El medio es el mensaje.



(Publicado previamente en Expreso)

Presidente Ejecutivo Alterno y Gerente General de OI Comunicaciones, asociada a Fleishman-Hillard.Director Ejecutivo del ITSU. Instituto Tecnológico Superior Urdesa.














lunes, 30 de marzo de 2026

EL CEO ENTRE LAS FAKE NEWS Y LA POLARIZACIÓN


 

La comunicación corporativa es cada vez más importante; ya no es una función más del CEO. El entorno actual, le guste o no, lo ha convertido en vocero, con los riesgos que eso implica. El clima político y empresarial cambió mucho y muy rápido.

Vivimos en un mundo donde la confianza cae, la verdad se relativiza y la atención es un recurso escaso. Según el Edelman Trust Barometer 2025, el 70% de las personas cree que líderes empresariales, gobiernos y medios los engañan deliberadamente. Aun así, cerca del 80% espera que los CEO tomen postura en temas sociales. Es decir, se desconfía de ellos, pero se les exige más; una contradicción que, a la vez, abre la oportunidad de diferenciarse de sus pares.

De acuerdo con Ipsos, la evidencia es consistente: apenas 3 de cada 10 personas confían en que los líderes empresariales digan la verdad y solo el 25% considera creíbles sus declaraciones.

En paralelo, la desinformación crece. Tres de cada cuatro ejecutivos ya la consideran un riesgo material para sus empresas. Y no es paranoia: los deepfakes, los bots y la IA han democratizado la manipulación. Hoy, cualquier marca puede ser víctima de una narrativa falsa que se viraliza antes de que se redacte un comunicado y el área legal lo apruebe.



La comunicación no puede ser reactiva. No basta con “salir a aclarar”. Cuando una compañía no ha construido capital reputacional previamente, el daño ya está hecho. El 45% de las personas cree información negativa de una empresa si no confía en ella, frente a apenas el 3% cuando sí confía. La reputación no se gestiona en crisis: se construye antes o no existe. Pero además, los tiempos cambiaron: ya no se puede esperar a que la dirección de comunicación elabore una respuesta y que legal la apruebe. La velocidad de la desinformación obliga a responder en tiempo real, con criterios claros y vocerías preparadas.

El contexto actual ya no es de crisis aisladas, sino de turbulencia constante. La incertidumbre pasó a ser estructural.

A esto se suma otro problema: la economía de la atención. En publicidad, solo el 15% de los mensajes logra ser recordado (Ipsos). Más comunicación no implica más influencia. 

El rol del CEO no es hablar más, sino decidir cuándo, cómo y de qué hablar.

En un mundo polarizado, opinar puede convertir a una empresa en un actor político involuntario. Pero callar también comunica. La clave ya no es la visibilidad, sino la coherencia.




En tiempos de fake news, IA y polarización, la reputación no se construye con discursos, sino con consistencia. La comunicación dejó de ser storytelling: ahora es “evidence telling”.

Cinco recomendaciones para CEOs en esta nueva era:

 1. Defina un “territorio de voz” claro. No todo tema merece una postura. El CEO debe tener criterios claros para decidir cuándo intervenir. Hablar de todo es perder autoridad.

2. Construya confianza antes de necesitarla. La reputación es un seguro, se adquiere antes. Sin confianza previa, cualquier crisis se amplifica.

3.Alinee discurso, cultura y operación. La incoherencia se detecta en minutos. No hay narrativa que sobreviva a una contradicción interna.

4.  Integre inteligencia reputacional en la toma de decisiones. La comunicación no es un área: es una variable estratégica. Hay que incorporar el monitoreo de riesgo, percepción y desinformación en el “core” del negocio.

5. Entienda que el silencio también es estrategia. No reaccionar puede ser la mejor decisión, siempre que exista un marco claro de valores.

El CEO antes administraba empresas; ahora administra confianza en tiempo real. Y en un entorno donde la mentira viaja más rápido que la verdad, no sobrevive quien mejor explica, sino quien está preparado para responder antes de que la realidad se distorsione.


(Publicado previamente en Expreso)

Presidente Ejecutivo Alterno y Gerente General de OI Comunicaciones, asociada a Fleishman-Hillard.Director Ejecutivo del ITSU. Instituto Tecnológico Superior Urdesa.